Ilusiones Sobrevaloradas

- -

martes, 23 de marzo de 2010

Traidora

Y una vez más me encuentro a solas contigo. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué tengo que hacer para que no vuelvas a mostrar tu rostro deforme cuando no hay nadie? Tú nunca tienes suficiente. Tú nunca te das por vencida. Siempre, siempre tienes que volver a por más.

Sé porqué estás aquí y ahora. Conoces mis dudas, sabes tan bien como yo que una figura en equilibrio sobre el aire nunca puede durar. Una vez más vienes e intentas convencerme de que mi sonrisa es infundada, de que mi alegría es tan absurda en sus raíces como sus frutos.

Te repito que no quiero que vuelvas nunca, nunca más. Te quiero tan lejos de mí como cualquiera de los sueños de los que me has hecho desistir alguna vez, agujereando como una roedora mi ilusión, minando mi voluntad.

Sé que te gustaría ver mi risa evaporarse en la humedad de mis ojos, hacerme creer que es nulo su valor y hueco su origen, que su caudal está seco y que es su sonido el de un árbol podrido y vacío que se ríe por no llorar de su propia decadencia.

Quiero que te marches para no volver…pero no sin antes responder a las últimas palabras que jamás volveré a dirigirte:

¿Eres tú parte de mí?
¿Qué sueño tendré que sacrificar esta vez para verte lejos?

domingo, 21 de marzo de 2010

Complicaciones de convivir consigo mismo

Por mucho que le doy vueltas no llego a comprender el mecanismo que tenemos para afrontar los males emocionales. Porqué a veces el daño provoca heridas y cicatrices dolorosas que solo con ser recordadas nos agitan la mente...
y en cambio otras el corazón desarrolla un callo cuando se roza demasiado por el mismo sitio...
Y sobre todo, ¿porqué no podemos elegir cuando ocurre una cosa y cuando la otra?
Si pudiera tan sólo hacerme un poco más fuerte, las cicatrices no impedirían que se endureciera la parte que me haría la vida más fácil siendo algo más insensible.
Si en lugar de desarrollar cicatrices solo consiguiera insensibilizarme, las cicatrices no me agitarían prediciendo con dolor la llegada de cada nube negra, y no provocarían en mi cerebro ese miedo intenso a la llegada de la tormenta, incuso cuando el aviso es falso.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Abrir la boca.

La maraña de sentimientos se desanuda misteriosamente con la presencia de lo que los incita, pero por alguna extraña razón, eso no facilita expulsarlos al exterior. Me gustaría que las condiciones fueran otras, y perder el miedo de mostrar hasta donde llega el camino que empieza mirándome a los ojos. Me empeño en ocultar las últimas líneas de la descripción que realizo en mi mente. No soy capaz de decir todo lo que me atraviesa con cada parpadeo que renueva mi perspectiva, y con ello mis emociones. Los escalofríos que me recorren, los traslado al lenguaje metafórico en mi interior, pero no atraviesan la barrera que los convierte en sonidos vocalizados perceptibles.

Quisiera hacer todas las comparaciones con fenómenos naturales que se me pasan por la cabeza, todas las locuras de estrellas que se mueven y vuelven a su lugar, agujas de reloj que se paran y aceleran, repeticiones geométricas hasta el infinito, acciones mecánicas con más sentido del aparente, impulsos de nebulosas que se atraen, quisiera poder expresar todos mis sentimientos sin tapujos. Sin barreras lingüisticas, y sin desconfiar de pisar seguro al hacerlo. Poder decirlo esperando una respuesta, y que la espera no sea en vano.

lunes, 8 de marzo de 2010

Cortar el pelo.

Para cualquiera, incluyéndome a mi, el tema del pelo no es precisamente algo apreciado, ni que aparentemente de mucho que comentar. No pretendo ni mucho menos que esto parezca importante, ni siquiera pretendo que lo sea sin parecerlo. Quizás simplemente haya escogido esto como podría haber elegido cualquier otra cosa, solo con tal de tener una base sobre la cual reflejar lo que pienso, y poder construir metáforas e imágenes que me ayuden a explicarme.
Me resulta especialmente curioso todo procedimiento acicalamiento de nuestro aspecto en el que intervenga un elemento cortante. Y de entre todos estos procesos, el más inquietante es el de arreglarnos el pelo. Cortamos, literalmente, una parte de nuestro cuerpo, para darnos un aspecto diferente, por comodidad, para revitalizarlo o simplemente para que no se alborote demasiado y devolverle un poco el orden.
Nada podría recordarme de manera más absurda al comportamiento humano.
Cortamos nuestros instintos continuamente con el fin de sobrevivir. Ya sea para con los demás, como cuando coartamos emociones y pensamientos, evitando la intervención ajena en lo que se desarrolla en nuestro coquito, o por el contrario, impidiendo la actividad cerebral para poder dejarnos llevar. A menudo también recortamos el "yo" para evitar que se eche a perder en una espiral de autoanálisis y crítica destructiva. Y a escala más pequeña, tiramos de las líneas de puntos del pensamiento, para desprendernos de esas pequeñas impresiones que nos avasallan constantemente, impidiendo que nos concentremos en algo.
No sé si todo esto, esta carnicería mental es necesaria, o prescindible. O hasta que punto contiene de ambas cosas. A una conclusión si que puedo llegar, y es que todo esto me hace preguntarme donde empieza lo que soy yo y donde lo accesorio. Un buen corte de pelo, para que surja fuerte de raíz, y cortar todo aquello que ya quedó marchito. O simplemente un arreglo de las puntas, que viene bien de vez en cuando, que si no se queman y se abren, de tanta AGRESIÓN EXTERIOR y LAVADO.